Chica thai de cuerpo pequeño y culito apretado
Llegó a Bangkok con ese cuerpo diminuto y esa sonrisa de puta mala que ya me tenía el corazón acelerado. La vi en un bar de los de mala muerte, con unos tits chiquitos que se le marcaban bajo el top ajustado y ese culo que pedía a gritos que le metieran un dedo o algo más grueso. No pasó ni cinco minutos antes de que sus labios carnosos me susurraran al oído que le encantaba que los turistas le dieran duro, que le gustaba sentir cómo la polla le abría el culo sin piedad. Me llevó a un hotel de esos donde las sábanas huelen a sexo barato y a cerveza derramada, y en cuanto cerramos la puerta me tiró contra la pared agarrándome del pelo como si fuera su dueña. Me bajó los pantalones de un tirón y sin avisar me clavó su boca caliente alrededor de la verga, chupando con ganas mientras gemía como una zorra en celo. La senti jadear con cada movimiento de su lengua, sus tetitas duras rozándome las piernas mientras me trabajaba el tronco como si fuera su postre favorito. Cuando ya no pudo más, se quitó el tanga transparente que apenas le cubría el coño depilado y se puso a cuatro patas sobre la cama, ofreciéndome ese culito prieto que parecía hecho para ser follado sin contemplaciones. Le escupí en el agujero bien marcado y sin más preámbulos le metí la polla hasta el fondo, sintiendo cómo su cuerpo temblaba con cada embestida brutal. Ella chillaba como una perra en celo, con los dedos clavados en el colchón y el coño goteando de lo mojada que estaba, mientras yo la empotraba sin piedad hasta que ambos nos corrimos al mismo tiempo, llenándola de leche por dentro y por fuera. La dejé tirada en la cama, jadeando y con las piernas temblorosas, mientras yo me limpiaba el sudor de la frente y ella me miraba con esa sonrisa de puta satisfecha que solo tienen las que saben que acaban de vivir una follada de esas que no se olvidan.