Ella apostó que él no aguantaría su boca y culo
Esa noche en el cuarto oscuro, el calor entre ellos se volvió un desafío: si ella podía chupar esa polla como una diosa mientras él embestía sus caderas contra su culo apretado, él juró que le haría gemir hasta que le doliera la garganta. Ella arqueó la espalda al sentir cómo la punta de su verga gruesa separaba sus nalgas, la saliva corriéndole por la barbilla mientras tragaba cada centímetro de su polla. Él le agarró el pelo con fuerza, marcando el ritmo con empujones que hacían crujir la cama. El sonido de sus nalgas chocando contra sus muslos llenaba la habitación, mezclado con los gemidos ahogados de ella al sentir cómo su culo se estiraba hasta lo imposible. Cada vez que él se hundía hasta las pelotas, ella mordía su labio inferior, sintiendo cómo su verga palpitaba dentro de su garganta. El sudor le escurría por la frente, las gotas cayendo sobre sus tetas mientras él aceleraba el ritmo, moviendo sus caderas en círculos para que su polla rozara cada rincón de su garganta. Ella lo miró con una sonrisa pícara, desafiándolo a ir más fuerte, y él no pudo resistirse: le dio una palmada en el culo que resonó en el cuarto antes de empujar con toda su fuerza, haciendo que su polla golpeara contra el fondo de su garganta. Ella ahogó un grito, sintiendo cómo su verga se hinchaba dentro de su boca, pero en lugar de retroceder, lo tomó más profundo, hasta que él no pudo contenerse. Con un rugido, su polla explotó, llenando su boca con chorros espesos. Él la miró con satisfacción, sabiendo que había ganado la apuesta, pero ella solo sonrió con picardía, sabiendo que la siguiente ronda sería aún más intensa. Las sábanas quedaron empapadas, sus cuerpos temblando por el esfuerzo, pero ninguno quería parar. Él todavía tenía una verga dura como roca, y ella ya estaba lista para recibirla donde más la necesitaba.