Esposa sumisa se arrodilla ante su amo de polla enorme
—'Perdóname, amo, pero necesito que me llenes el culo de leche otra vez'—. Esas fueron las palabras que la esposa de rodillas, con los muslos temblando y las nalgas ya rojas de tanto azotón, murmuró mientras el hombre de polla gruesa como un garrote le acariciaba la cara antes de empujarle la cabeza hacia abajo. La sumisa, con los labios brillantes de saliva y las tetas colgando pesadas, obedeció al instante, chupando con devoción hasta que el monstruo de carne estuvo duro como una roca, listo para romperla. Él la giró de un tirón, obligándola a arquearse como una perra en celo, y entonces vino lo peor: cada embestida era un castigo, cada gemido de la mujer un recordatorio de quién mandaba. La polla gruesa entraba y salía de su culo apretado sin piedad, marcando el ritmo con palmadas secas en las nalgas mientras ella suplicaba más, incapaz de resistir el fuego que le quemaba por dentro. La escena se alargó en más de 55 minutos, con la esposa gimiendo entre lágrimas cuando el hombre por fin se corrió, llenándole el culo hasta el borde y dejándola temblando, mojada y derrotada. Al terminar, el dueño de la verga enorme solo sonrió al verla limpiarse la boca, satisfecho de haberla domado una vez más.