La madrastra Elena Sterni exhibe sus tetas gigantes y se masturba
Nunca había visto algo así: Elena Sterni, la madrastra, se desabrochó la blusa en el sofá mientras su hijastro miraba la tele. Las tetas enormes, naturales, rebosaban por el escote, y ella las apretaba con las manos, gimiendo bajito para que nadie la oyera. El chico, nervioso, no sabía si acercarse o salir corriendo, pero el olor a coño mojado lo paralizó. De pronto, Elena se abrió de piernas, mostrando el tanga empapado, y metió los dedos dentro, moviéndolos con fuerza. El crujido de la madera bajo sus caderas sonaba como un reloj de arena, cada segundo más cerca de que alguien entrara. El hijastro, con la polla dura, se arrodilló entre sus muslos y empezó a chuparle el clítoris, mordisqueando los labios hinchados. Elena le agarraba la cabeza, ahogando los gemidos en su pelo, mientras él la penetraba con los dedos hasta hacerla temblar. En cualquier momento, el padre podía llegar del trabajo, pero eso solo los excitaba más. Las tetas de Elena rebotaban con cada embestida, los pezones duros como piedras, y el hijo le mordía los pezones, chupando con fuerza. El sudor le caía por la espalda, mezclándose con el aroma del sexo, y los sonidos de la carne chocando contra carne eran música para sus oídos. Cuando por fin se corrió, Elena gritó en silencio, el coño palpitando alrededor de los dedos del chico, y la leche caliente le manchó los muslos. Al terminar, solo quedó el tanga roto en el suelo, una mancha húmeda en el sofá y el eco de sus respiraciones agitadas.