La morena mojada a cuatro patas gime como loca
Desde que él entró en el cuarto con ese cuerpo musculoso y esa mirada de depredador, ella supo que no saldría de ahí sin que el coño le ardiera y el culo le quemara. El tipo se acercó sin decir ni pío, le agarró la cintura con esas manos fuertes y la empujó contra la cama hasta que su culo quedó bien alto, redondo y listo para recibirle. Ella no pudo evitar gemir cuando él le bajó el tanga de un tirón, dejando al descubierto un coño empapado que brillaba más que un espejo recién lavado. Con la polla ya dura como una roca y goteando pre-semen, él se clavó de una embestida profunda que la dejó sin aire, haciendo que sus tetas rebotaran al ritmo de cada golpe. Cada vez que la embestía, ella gritaba '¡más fuerte, cabrón!' y él respondía empujando con más fuerza, hundiendo su verga hasta el fondo y haciendo que el sonido de piel contra piel llenara toda la habitación. Ella se agarraba a las sábanas con los puños apretados, los muslos temblando y el coño chorreando como un grifo abierto, mientras él le azotaba el culo con cada embestida para que no olvidara quién mandaba allí. Los gemidos se volvieron más agudos, más desesperados, mezclándose con los gruñidos masculinos que salían de su garganta cada vez que la llenaba hasta el tope. Cuando sintió que el orgasmo se acercaba, él la agarró del pelo y le ordenó 'correte, perra, que te voy a empapar la cama', y así fue: ella se corrió con un chorro potente que le salió disparado entre las piernas, mojando las sábanas y hasta el suelo sin importarle nada. Él no se detuvo ni un segundo, siguió embistiéndola con saña hasta que su propia corrida le quemó las entrañas y le dejó sin fuerzas, desplomándose sobre su espalda sudorosa mientras sus cuerpos se adherían como si fueran una sola piel. Cuando por fin se separaron, ella quedó tirada boca abajo, con el culo enrojecido, el coño palpitando y las piernas convertidas en gelatina, mientras él se limpiaba el semen que le resbalaba por los muslos con un suspiro de satisfacción.