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Madrastra y hermanastra se dejan follar sin parar

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Estúdio Patsy Williams

La madrastra llegó a casa con el vestido pegado al cuerpo por el sudor después de un día de sol infernal, pero lo que más le gustaba no era el calor, sino el modo en que su hijastro la miraba con esa cara de perrito caliente cada vez que pasaba a su lado. Él, un chaval de diecinueve años con la polla ya dura como un fierro desde que la vio en bikini por la mañana, no pudo aguantar más y la empujó contra la pared del pasillo con un gemido ahogado mientras le arrancaba la blusa sin desabrochar los botones. Ella, entre risitas y bufidos, le agarró el pelo con fuerza y le escupió en la oreja que si quería su coño mojado tendría que ganárselo como un hombre, así que se agachó de golpe y empezó a chupársela como una verdadera zorra hambrienta, con la lengua pegada al tronco y los huevos bien apretados entre sus dedos. Él no perdió tiempo y la levantó en volandas para clavársela de una sola estocada hasta el fondo, haciendo que ella soltara un chillido agudo que resonó por toda la casa mientras sus tetas gigantes rebotaban con cada embestida brutal que le daba contra el sofá del salón. La hermanastra, que los observaba desde el marco de la puerta con los ojos como platos y el tanga empapado, no pudo resistirse y se acercó para unirse sin decir ni paja, metiendo sus dedos entre el coño de la madrastra mientras esta le suplicaba que no parara de empotrarla, que quería sentirla hasta la garganta. Las salpicaduras de leche caliente volaban por todos lados cuando los tres se corrieron a la vez: él dentro de la madrastra, ella escupiendo chorros sobre el rostro de la hermanastra y esta última apretando los muslos contra la cara de la otra para no perder ni una gota de ese néctar prohibido. El olor a sexo, sudor y corrida lo inundaba todo, y el sonido de los cuerpos pegajosos chocando se mezclaba con los jadeos roncos de las tres putas, dejando el piso hecho un desastre pero con las ganas de volver a empezar en cuanto el aire se enfriara un poco.

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