Manuelkeny y ViktorRom follan duro en la pista
Los dos se morreaban contra el árbol mientras él le metía los dedos por el escote y ella le mordisqueaba el lóbulo de la oreja con esa boquita de pecado que tiene. Manuelkeny, con sus tetas rebotando libres bajo la sudadera fina, se le aferró al cuello y le susurró al oído que quería que la empotrara contra el tronco como una perra en celo. ViktorRom no necesitó más, le arrancó el short de un tirón y le metió la polla hasta el fondo sin aviso, haciendo que ella soltara un aullido de puro placer que resonó en toda la montaña. La carne le temblaba de los pies a la cabeza cada vez que él la embestía con fuerza, clavándole los dedos en las nalgas mientras el sudor les resbalaba por la piel como si estuvieran bajo una ducha fría. Ella le arañó la espalda con las uñas, le chupó el cuello con desesperación y le gritó que no parara, que la reventara viva allí mismo entre los arbustos. Él, con esa verga gruesa y palpitante que le llenaba el coño hasta el límite, le ordenó que se agachara y le abrió las piernas para verle el culo bien prieto mientras le metía la lengua hasta el fondo, lamiéndole el coño empapado y los pliegues hinchados de tanto deseo. Manuelkeny gemía como una loca, le suplicaba que la llenara con su leche espesa y caliente, y él, sin poder resistirse más, le agarró el pelo y le metió la polla hasta la garganta mientras ella intentaba tragársela toda sin atragantarse. Los gemidos se mezclaban con el crujido de las ramas bajo sus cuerpos, el olor a sexo crudo les nublaba la cabeza y el calor de sus cuerpos se pegaba como si fueran una sola piel. Cuando por fin él le soltó la corrida dentro con un gruñido gutural, a ella se le escapó un último gemido ronco y se dejó caer contra el suelo, toda temblorosa y con las piernas convertidas en gelatina por el placer que le había dado aquel macho que la había destrozado de puro gozo.