Morena de tetas menudas empotrada contra la puerta
La morena llegó con esos labios carnosos mordisqueando el labial rojo y los pezones duros marcándose bajo la blusa ajustada, sin saber que esa misma noche iba a acabar con las piernas temblorosas y el coño chorreando por culpa de la polla de ese desconocido que la arrinconó contra la puerta del pasillo. Él ni siquiera le dejó tiempo para pensar, le arrancó el tanga de un tirón mientras le susurraba al oído lo putita que estaba por dejarse follar así, sin preliminares ni miramientos. La morena no opuso resistencia cuando la empujó contra la madera fría, le abrió las nalgas con las manos y le metió la verga hasta el fondo sin avisar, haciéndola gemir tan fuerte que hasta los vecinos de al lado debieron de escucharla. Cada embestida le llegaba al fondo del coño, pegando contra su punto G con una fuerza que le nublaba la vista y le mojaba las piernas sin control, mientras él le agarraba las tetas menudas a dos manos y le mordisqueaba el cuello entre gruñidos. No tardó en sentir cómo la polla se le hinchaba dentro, avisando de que la corrida estaba cerca, y entonces la morena se dejó caer sobre sus rodillas sin pensarlo, con el coño empapado y los muslos pegajosos de sus propios jugos, dispuesta a chupársela hasta dejarla limpia. Él no se lo pensó dos veces, le agarró la cabeza con fuerza y se la empaló hasta la garganta, ahogándola con su leche espesa mientras ella tragaba con avidez, con los ojos vidriosos y los labios brillantes de babas y semen. Cuando por fin la soltó, la morena se quedó allí, jadeando, con el pelo revuelto y el cuerpo tembloroso, mientras él se abrochaba los pantalones y le decía que mejor no se moviera de ahí, porque la próxima vez le iba a romper el culo a polazos sin piedad. Ella solo atinó a sonreírle con cara de puta satisfecha, sabiendo que esa noche acababa de nacer una obsesión que no iba a poder sacarse de la cabeza en semanas.