Patético cabrón se excita negando su orgasmo solo
Ese pobre desgraciado lleva horas con la polla en la mano, sudando como un cerdo mientras se le escapa el aire entre los dientes apretados. La cabeza le da vueltas pensando en lo que le harían si tuviera a una zorra caliente chupándosela sin piedad hasta dejarle seco. Se lame los labios imaginando cómo se le pondría la verga si una boca experta le hiciera mamadas profundas mientras le agarra los huevos con fuerza. Pero no, él insiste en torturarse: aprieta la base con dos dedos para que no se le corra ni una gota, aunque el líquido preseminal le empape el glande hasta dejarlo brillante y resbaladizo. Cada vez que está a punto de correrse, suelta un gemido ahogado y se obliga a retroceder, maldiciendo entre dientes mientras la frustración le nubla la vista. Se toca los pezones con la otra mano, pellizcándolos hasta que le duelen, pero ni así logra que la polla le ceda un centímetro. Cuando por fin decide rendirse, se agarra los muslos con las rodillas temblorosas y se corre en chorros espesos sobre su propio vientre, dejando manchas blancas que brillan bajo la luz de la lámpara. El pobre infeliz se queda ahí, jadeando y sudando, con la polla flácida pero roja de tanto maltrato, mientras murmura algo sobre cuánto le gustaría que una puta lo obligara a correrse a la fuerza. No le importa si tiene que humillarse, suplicar o tragarse su orgullo con tal de sentir cómo un coño caliente o un culo apretado lo exprimen hasta dejarle seco. Pero por ahora, solo queda el recuerdo de lo que pudo ser y el sabor amargo de la derrota en su boca reseca.