Puta pelirroja se deja empotrar hasta correrse goteando
Desde que la vi por primera vez, me volvió loco su melena roja y cómo se mordía el labio cada vez que pasábamos cerca. Hoy no pudo más y se dejó caer en mi cama, con el coño ya empapado y los pezones duros como piedras, pidiendo a gritos que le metiera la polla hasta el fondo. Le levanté la falda corta de un tirón y el tanga negro quedó hecho jirones al rasgarlo con los dientes, dejando al descubierto el coño más rosita y brillante que jamás había visto. Me arrodillé entre sus piernas y empecé a lamerle el clítoris con la lengua bien plana, mientras ella gemía y se agarraba a las sábanas con los puños apretados. No resistió ni cinco minutos, se corrió gritando mi nombre y empapándome la cara con sus jugos, pero yo seguía duro como un poste, ansioso por follármela por donde más le gustaba. La puse a cuatro patas sobre el colchón, le abrí bien las nalgas con las manos y le escupí en el culo para que se relajara antes de clavarle la verga hasta las pelotas. Cada embestida hacía que sus tetas rebotaran como gelatina y sus gritos llenaban la habitación, mezclándose con el sonido de los azotes en su culo rojo y brillante. Cuando ya no pudo más, le solté la polla y le metí los dedos en la vagina para que se corriera otra vez mientras yo me masturbaba sobre su espalda, descargando toda la leche caliente en su coño y culo al mismo tiempo. El final fue épico: ella salió corriendo al baño a limpiarse, pero no antes de que le goteara un hilo de semen por el muslo, dejándome claro que esta pelirroja no olvidaría fácilmente cómo me la follé por todos lados.