Sexo salvaje tras el día de san valentín
La noche estaba tranquila cuando ella entró en el baño con esa mirada que ya conocía demasiado bien. Él la agarró por la cintura y le mordió el cuello mientras sus manos resbaladizas por el agua jabonosa se colaban bajo la falda corta. Los jadeos de ella se mezclaban con el sonido del agua corriendo hasta que él la empujó contra el azulete frío, arrancándole el tanga de un tirón. Ella gruñó y se arqueó, sintiendo cómo su polla gruesa y caliente se frotaba contra su coño empapado antes de clavarse de golpe hasta el fondo. Las embestidas eran brutales, el sonido de sus cuerpos chocando llenaba el pequeño espacio entre gemidos ahogados y gritos de placer. Él le sujetaba las caderas con fuerza, obligándola a aguantar cada envite mientras sus tetas rebotaban sin control. Ella se corría a gritos, con los muslos temblando y el coño contrayéndose alrededor de su miembro que no paraba de moverse. Él no tuvo piedad, siguió empotrándola con saña hasta que sintió cómo su leche caliente le inundaba el vientre, dejándola tan mojada que el semen resbalaba por sus muslos al separarse. Mientras él se limpiaba el sudor de la frente, ella se dejó caer contra la pared, jadeando y con las piernas temblorosas, sabiendo que esa noche no sería la última vez que se dejara llevar por esa pasión descontrolada.