Arrepentida por no haberlo hecho antes
Su mirada me quemaba desde hacía días, esos ojos oscuros que no se apartaban de mi cuerpo cuando creía que no lo notaba. Cada roce accidental, cada susurro al pasar, me dejaba el coño más mojado de lo que quería admitir. No aguanté más cuando me apretó contra la pared, sus manos grandes abriéndose paso bajo mi falda mientras su boca devoraba la mía. Gemí cuando sus dedos encontraron mi clítoris hinchado, frotándolo con esa presión perfecta que me hacía arquearme. No tardó en bajarme las bragas y hundir su lengua en mi coño, lamiendo cada pliegue con una dedicación que me hizo temblar. Cuando su polla gruesa se clavó en mí de una estocada, sentí cómo mi cuerpo se ajustaba a su tamaño, apretándolo como si nunca quisiera soltarlo. Me empotró contra el sofá, sus embestidas profundas haciendo que mis tetas rebotaran con cada movimiento, hasta que su semen caliente me llenó por completo. Lo miré a los ojos cuando terminó, viendo esa sonrisa satisfecha que me decía que esto no acabaría aquí.