Dueña del salón se empala con el repartidor en la ducha
La dueña del salón, una rubia madurita de curvas escandalosas y tetas naturales que rebotan con cada paso, estaba esperando al repartidor con la puerta entreabierta y nada más que una sonrisa pícara. Cuando el chico llegó con la caja de pizza, se encontró con la morra completamente desnuda, sin más ropa que el delantal sucio que apenas le cubría los pezones duros como piedras. Se le quedó mirando el culo prieto y redondo que se balanceaba al caminar, con los labios de su conejito peludo brillando por el jugo que ya le chorreaba entre las piernas. Sin perder tiempo, la muy puta se le tiró encima en cuanto cerró la puerta, le arrancó la camisa de un tirón y le empezó a chupar la polla con una avidez que lo dejó sin aire. Él, desesperado, la agarró de las caderas y la empujó contra la pared de la ducha, donde el vapor del agua caliente le pegaba los pelos rubios a la piel sudorosa mientras ella gemía como una perra en celo. Con un empujón brutal, la empaló desde atrás, sintiendo cómo su coño empapado se abría como mantequilla caliente alrededor de su verga gruesa, que entraba y salía con un sonido húmedo que resonaba en el baño. Ella, con las tetas botando y el culo marcado por las embestidas, le suplicaba que le diera más fuerte, que la reventara viva, mientras él le mordisqueaba el cuello y le apretaba los pechos con manos ansiosas. El agua resbalaba por sus cuerpos enredados, mezclando el sudor con el vapor, y los gemidos se volvían más fuertes, más desesperados, hasta que ella se corrió con un grito ahogado, apretando el coño como un torno alrededor de su polla, que no tardó en explotarle dentro con chorros bien calientes que le llenaron las entrañas. La rubia, aún jadeante, se dejó caer contra su pecho mientras él le acariciaba el pelo, satisfecho de haber dejado a la dueña del salón más mojada y satisfecha de lo que nunca imaginó que podría estar.