Entrenadora MILF me azota y me come la polla
Llevaba meses soñando con esos cachetes llenos de tinta y ese culo duro como una roca que se marcaba bajo el short ajustado. La primera vez que me metió en el vestuario para corregir mi postura en las pesas, fue cuando sentí su mano caliente posarse en mi nalga con un azote seco que me dejó sin aire. 'No me mires así, novato', gruñó mientras me bajaba los pantalones con un tirón brusco, dejando mi polla tiesa al aire libre, palpitando con cada respiración entrecortada. Ella se relamió los labios carnosos, esos mismos que horas antes habían estado susurrando obscenidades en mi oído mientras me apretaba contra la pared de los vestuarios, 'Voy a hacerte tragar cada gota de mi leche', y antes de que pudiera reaccionar, ya tenía mi verga enterrada hasta la garganta con un gemido ahogado. La MILF no solo me azotó el culo con saña, sino que me empotró contra los bancos de metal mientras me chupaba las pelotas con una avidez que me hizo temblar las piernas. Sentí cómo sus dedos tatuados se enredaban en mi pelo corto al ritmo de sus embestidas profundas, cada una más brutal que la anterior, mientras su piercing en la lengua jugueteaba con el glande hasta dejarme sin voz. 'Abre bien esa boquita, zángano', me ordenó con voz ronca, y obedecí como un puto obediente, tragando su saliva espesa mezclada con el sabor salado de mi propio sudor. No pasó ni un minuto antes de que sus jugos empaparan mis muslos, su coño goteando sobre mis rodillas mientras me exigía que le lamiera cada pliegue con lengua áspera y hambrienta. Cuando por fin me soltó la polla para correrse sobre mi pecho, fue como un río caliente que me cubrió desde el cuello hasta el abdomen, y antes de que pudiera recuperarme, ya estaba empujando mi cabeza hacia abajo para que tragara hasta la última gota de su corrida espesa, gruesa y pegajosa que me quemó la garganta al bajar. El vestuario olía a sexo barato, a piel sudada y a esa mezcla de perfume barato y feromonas que solo una MILF en celo puede desprender, mientras yo seguía arrodillado, jadeante y con los ojos lagrimeando por el esfuerzo.