Esposa ardiente irrumpe con mamada salvaje al marido
Él estaba en su despacho, revisando números y aburriéndose como una ostra cuando escuchó unos tacones acercándose sigilosamente por el pasillo. Antes de que pudiera reaccionar, la puerta se abrió de golpe y ahí estaba ella, con ese vestido ajustado que le marcaba cada curva del culo prieto y los pechos rebotando como si fueran dos sandías maduras. Sin mediar palabra, se arrodilló frente a él, agarró su polla dura como una barra de acero entre las tetas gigantes y se la metió en la boca con un gemido húmedo que le erizó toda la piel. No había tiempo ni para un saludo: solo el sonido de los jadeos de él mezclados con los de ella, que chupaba con ganas mientras sus manos se clavaban en los muslos musculosos de él, sintiendo cómo la venilla gruesa de su verga palpitaba contra su lengua. Él no pudo evitar empujarle la cabeza, metiéndosela hasta el fondo de la garganta mientras ella ahogaba un quejío, pero no se retiró ni un milímetro, tragando cada gota de pre-semen que brotaba como si fuera néctar divino. En un abrir y cerrar de ojos, la levantó en vilo, la sentó sobre el escritorio y le arrancó las bragas de un tirón, dejando al descubierto un coño marrón y bien rasurado que ya chorreaba como un grifo abierto. Sin preliminares, la empaló desde atrás, clavando su verga gruesa en ese coño mojado que lo abrazaba como un guante caliente, y se la dio con tanto ímpetu que los papeles volaron por los aires y los gemidos de ella se volvieron gritos guturales, mezclados con el sonido de sus caderas chocando contra ese culo redondo que rebotaba con cada embestida. Ella se agarraba al borde del escritorio con uñas pintadas, gritando que la llenara, que no parara, mientras él le mordisqueaba el hombro y le apretaba los pechos con tanta fuerza que le dejaba marcas rojas en la piel. Cuando notó que ella empezaba a temblar como un flan, aceleró el ritmo, embistiéndola tan profundo que sintió cómo su coño se contraía en espasmos alrededor de su polla, y entonces se corrió dentro con un gruñido ronco, descargando toda su leche caliente en ese coño que lo tragaba todo sin piedad. Ella se dejó caer sobre el escritorio, jadeando, con las piernas temblorosas y el maquillaje corrido por los sudores y los besos brutales que él le estampó en el cuello antes de desplomarse, exhausto pero con una sonrisa de oreja a oreja.