Esposa gruesa recibe una paliza de polla
Desde que se le soltó el vestido ajustado esa mañana en el supermercado, él no pudo sacársela de la cabeza… Su culo prieto relleno de curvas cada vez que se agachaba a buscar algo en el estante inferior, la blusa estirada marcando unos pechos que pedían a gritos que le arrancaran la ropa a mordiscos. Cuando la volvió a ver en el ascensor del edificio, con esa mirada de puta necesitada que solo tienen las mujeres que saben que van a ser empotradas hasta dejarles el coño hecho un trapo, no aguantó más. La empujó contra la pared, le arrancó el tanga de un tirón y le metió los dedos bien profundos para comprobar lo mojada que estaba… ¡y vaya si lo estaba! El coño le chorreaba jugos por las piernas, así que sin más preámbulos le bajó los pantalones, sacó su verga dura como una piedra y se la clavó de un solo empujón hasta tocarle el fondo del útero. Ella gimió como una perra en celo, agarrándose a la barandilla del ascensor mientras él le agarraba las caderas con fuerza y empezaba a embestirla como un animal, cada envite le sacudía el culo entero que rebotaba con cada golpe seco. El sonido de los cuerpos chocando y sus gemidos ahogados en la garganta se mezclaban con los crujidos de la madera del ascensor viejo, mientras la polla le golpeaba el punto G una y otra vez hasta que ella no pudo aguantar más y se corrió gritando su nombre con voz ronca, empapándole la verga en leche espesa. Pero él no paró ahí, le dio la vuelta como si no pesara nada, la puso de espaldas contra el espejo y le metió la polla hasta la garganta mientras le apretaba los pechos llenos, llenándola de babas y sudor hasta que los dos acabaron cubiertos de un líquido espeso que resbalaba por sus muslos temblorosos. Cuando por fin se vació dentro de ella con un último gruñido gutural, la esposa gruesa se dejó caer contra el suelo del ascensor, con las piernas abiertas y los labios hinchados, todavía jadeando mientras él le limpiaba los restos de corrida de su verga palpitante con la lengua antes de vestirse y largarse como si nada hubiera pasado… aunque ambos sabían que volverían a repetirlo en cuanto tuvieran otra oportunidad.