Fada Mel descubre el placer de la sumisión en el sofá
Estaba montando a Billy Bastos con mi minifalda subida hasta la cintura, mi coño empapado frotándose contra su polla dura, cuando de repente sentí sus manos apretando mis caderas con fuerza. No me esperaba ese dominio, pero al instante mi cuerpo reaccionó: mis pezones se pusieron duros, mi respiración se aceleró, y sin querer gemí más fuerte. Él notó mi sorpresa y sonrió con esa mirada de dueño, como si siempre hubiera sabido que yo necesitaba que me dominaran. Me hizo arrodillarme frente a él, mi boca abierta esperando su verga gruesa, y cuando la empujó hasta el fondo, sentí que me ahogaba pero no quería parar. Sus dedos enredados en mi pelo, tirando, mientras yo tragaba su leche caliente y espesa. Después me dio la vuelta, me puso a cuatro patas en el sofá, y sin avisar me clavó la polla hasta hacerme gritar. Cada embestida me acercaba al orgasmo, mi culo chorreando, mis muslos temblando, hasta que él me llenó entera de golpe. Cuando se corrió dentro de mí, me susurró al oído: 'Ahora sabes lo que es ser mi puta sumisa'