Guilherme empala a un trans musculoso y lo llena de leche hasta el ombligo
La vi entrar al cuarto con esos tatuajes que le marcaban cada músculo, el clítoris hinchado bajo la ropa ajustada, y supe que esto no era solo sexo: era venganza. Guilherme, el macho que la había dejado por otro, ahora iba a pagar. Se arrodilló frente a él, chupando esa polla gruesa como si quisiera ahogarse en ella, los gemidos ahogados mientras las manos de él le apretaban las nalgas. La subió de golpe sobre la cama, el culo apretado recibiendo cada embestida hasta que el sudor le corría por la espalda. Las uñas de ella se clavaban en las sábanas, los gritos ahogados cuando la polla le rozaba el punto más profundo, y entonces él se corrió, la leche blanca manchándole el vientre, el ombligo, incluso goteando entre sus muslos. La próxima vez, será peor: no habrá piedad.