La hijastra asiática recibe empotre anal intenso
La chiquilla de diecisiete años no podía parar de mover ese culito respingón cada vez que su padastro le lanzaba una mirada desde el sofá, con los libros de examen aún sobre la mesa y la falda ajustada subiéndole hasta el coxis. Él se acercó lento, mordiéndose el labio al ver cómo el tanga de encaje se le hundía entre las nalgas redondas mientras ella intentaba fingir que estudiaba, pero sus muslos temblorosos delataban lo cachonda que estaba. Sin mediar palabra le agarró de la nuca y la empujó contra la pared, sintiendo cómo el coño le goteaba por dentro al notar la polla dura rozándole el culo por encima de la tela. Ella soltó un gemido ahogado cuando le bajó el pantalón del pijama y le escupió en el ano, preparando el agujero con saliva caliente mientras le susurraba al oído lo putita que era por excitarse así con un examen. La hijastra se dejó hacer, arqueando la espalda y abriendo las piernas como una perra en celo, rogándole con voz entrecortada que la empotrara bien duro porque ya no podía aguantar más la humedad que le empapaba el tanga. Él no necesitó más invitación: le arrancó la braguita de un tirón y la alzó en peso, clavándole la verga de golpe hasta el fondo mientras ella chillaba de placer y le arañaba la espalda, con los pechos pequeños rebotándole contra el pecho. Cada embestida le sacaba un chorro de leche de los pezones sensibles y le hacía botar el culo como un flan, mientras él le mordisqueaba el cuello y le gruñía lo buena que estaba para ser una estudiante. El sudor les corría por la piel, mezclándose con los fluidos que le resbalaban por los muslos al correrse sin control, empapando el suelo de la habitación como si hubiera meado, pero no: era su coño chorreando de tanto placer. Cuando él le ordenó que se agachara sobre el escritorio y le enseñara el culo bien abierto, ella obedeció sin dudar, contoneando las caderas como una zorra en celo y dejándose llenar una y otra vez, con los gritos resonando en toda la casa mientras la polla le abría el ano hasta hacerlo sangrar de lo intenso que era. Al final, exhausta y con las piernas temblorosas, se dejó caer sobre la cama boca abajo, sintiendo cómo la leche le resbalaba por las nalgas y le quemaba la piel irritada, pero sin importarle porque por fin había cumplido con su examencito favorito: que le partieran el culo como a una verdadera putita.