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La negrita me ordena correrme cuando quiere en su conito dulce

10:14 720P 0 Femdom
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Desde que la vi por primera vez en el ascensor con esos leggings ajustados que le marcaban el culo prieto como si fueran a reventar, supe que no iba a ser dueño de mi corrida ni con un grillete. Me miró con esos ojos de perra en celo y me soltó: 'Ahora mismo me chupas ese coño negro hasta que me moje los muslos, y después te empotro contra la pared hasta que me pidas perdón por no correrte cuando yo quiera'. No me dio tiempo ni a protestar, solo a arrodillarme y hundir mi lengua entre sus labios gruesos y brillantes, sabiendo que cada lametazo me acercaba más a su premio: que me ordenara tragarme su leche espesa mientras me azotaba el culo con su mano gigante. Cuando por fin me dejó levantarme, me agarró de la polla, que ya goteaba de ganas, y me arrastró hasta el sofá donde se sentó con las piernas bien abiertas, mostrando ese conito depilado que brillaba con sus jugos. 'Siéntate aquí, pedazo de inútil, y no te muevas hasta que yo decida si me corro o te dejo con las bolas llenas', me escupió mientras se comía las uñas pintadas de rojo sangre. Cada vez que su dedo resbaladizo me rozaba el glande, sentía que se me escapaba el aire de los pulmones, pero ella solo se reía y me empujaba más adentro de su coño apretado, que chupaba mi polla como si no hubiera mañana. Cuando por fin me soltó el permiso con un gemido gutural, me empalé contra ella de una sola embestida que le arrancó un aullido, sus tetas enormes rebotando al ritmo de mis embestidas brutales mientras su voz ronca me ordenaba: 'Correte, marica, corréte ahora mismo o te rompo el culo'. Y así lo hice, descargando dentro de su conito negro una leche espesa que le empapó las bragas al instante, mientras ella se retorcía debajo de mí, mordiendo mi hombro para ahogar sus propios gritos de placer. Cuando terminé, me dejó caer sobre su pecho sudoroso, susurrándome al oído que la próxima vez me ataría las manos para que no me escapara de sus caprichos. Y yo solo pude asentir, porque después de probar su coño dulce, ya no había vuelta atrás: su voz era mi ley, y mi corrida, su puto derecho.

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