La sexy madrastra viuda no aguanta más sin que le den duro
Llevaba meses con las tetas apretadas contra la pared cada vez que él llegaba borracho de la oficina, oliendo a tabaco y colonia barata mientras se lamía los labios al verla pasar en su minivestido negro. Hoy no pudo más: el hijo de su difunto marido entró al cuarto con la polla ya dura bajo el pantalón ajustado, y ella no opuso resistencia cuando la empujó contra el espejo del baño, rompiéndole la tanga de un tirón mientras le mordía el cuello y le susurraba al oído que llevaba semanas soñando con que le empotrara el coño como una puta desesperada. Él le levantó las faldas hasta la cintura, le abrió las nalgas con las manos y le escupió en el culo antes de clavársela hasta las bolas, haciendo que ella gritara con voz ronca mientras se agarraba al lavabo, con los pechos rebotando salvajemente con cada embestida. La madrastra viuda gemía como una zorra en celo, pidiendo más grueso, más rápido, más profundo, mientras él le metía los dedos en la boca para que chupara su propio sabor mezclado con gotas de su corrida anterior. Pero no se conformó solo con el coño: le dio la vuelta, le abrió las piernas como si fueran unas tijeras y se la metió por el culo sin piedad, sintiendo cómo su culo bien prieto se estremecía alrededor de su verga, mientras ella se corría gritando que la llenara por todos lados antes de que su leche le resbalara por los muslos. Al final, exhaustos y cubiertos de sudor, él se corrió dentro de su boca mientras ella tragaba cada gota con ansias, lamiéndole las pelotas hasta dejarlas limpias, y luego se arrodilló a limpiarle el pecho con la lengua antes de susurrarle que esa noche no había sido suficiente... que mañana volverían a empezar. Los dos sabían que esto no terminaba aquí, que el hijo de su difunto marido ya había marcado su cuerpo como territorio prohibido y que ella no iba a soltar su polla ni un segundo más de lo necesario.