Mamacita con nalgas enormes se empala con verga gruesa en lago
Llevaba días soñando con esa polla gorda que se le clavaba entre las piernas mientras ella se remojaba en el lago al atardecer, los pechos pesados botando con cada movimiento del agua. El tipo no pudo resistirse y se le acercó sigilosamente por detrás, oliendo a cerveza barata y sudor caliente, con la verga dura como un palo bajo el short mojado que apenas le tapaba el culo redondo. Ella no opuso resistencia cuando él le agarró las nalgas gordas con las dos manos, apretando esa carne firme que le hacía agua la boca, y le susurró al oído que le iba a partir el coño en dos si no se dejaba. La mamacita gemía fuerte mientras él la empujaba contra la orilla, el agua fría le mojaba las piernas pero el calor entre sus muslos era una hoguera que no podía apagar. Él le bajó el bikini de un tirón, dejando al descubierto un coño peludo y bien abierto, chorreando de lo excitada que estaba, y sin más preámbulos le clavó la verga hasta el fondo con un empujón seco que la hizo gritar como puta en celo. Las embestidas eran brutales, cada vez que se la empotraba el culo le temblaba como gelatina, y ella se agarraba a la rama de un árbol con las uñas clavadas mientras él le llenaba el coño de leche espesa con cada embestida profunda. Los gemidos se mezclaban con el chapoteo del agua y los gritos de ella pidiendo más, su coño bien mojado chupando la verga como si no hubiera mañana, hasta que ambos acabaron exhaustos sobre la arena, con las piernas temblorosas y los cuerpos pegajosos de sudor y semen. No importaba si alguien los veía desde lejos, en ese momento solo existía el placer de sentir cómo la verga gruesa le partía el coño una y otra vez, dejándola más caliente que nunca con cada corrida que le regalaba.