Mi polla manda y ella obedece sin rechistar
Te voy a contar cómo esta putita aprendió que cuando mi verga quiere algo, no hay discusión: se abre de piernas y se deja empotrar hasta que le duelen las rodillas. Llegó temblando, con el culo apretado y las bragas ya mojadas, sabiendo que hoy no habría piedad. Le ordené que se arrodillara y le metí la polla hasta las pelotas en su boquita caliente, sintiendo cómo se ahogaba con mi grosor mientras las lágrimas le caían. Cuando la puse a cuatro patas, le arranqué el tanga de un tirón y le clavé el dedo en el ojete para abrirlo bien, escuchando sus gemidos de dolor y placer mezclados. Le dije que si quería correrse, tendría que rogarme, y la muy zorra empezó a suplicar entre sollozos mientras le empotraba el culo con embestidas secas y profundas. Cada vez que intentaba moverse, le agarraba el pelo y la obligaba a quedarse quieta, sintiendo cómo su agujerito se estrechaba alrededor de mi verga. Cuando por fin le permití correrse, lo hizo gritando mi nombre mientras le llenaba el culo de leche caliente, y lo único que atinó a decir fue: '¿Puedo lamerte la polla otra vez, amo?'