Ven a jugar conmigo al motel que te empoto
La invitación llegó con una sonrisa pícara y un mensaje picante que le quemaba la pantalla del móvil: *ven a jugar conmigo al motel que te empoto*. Él no lo pensó ni un segundo, dejó todo tirado en la oficina y se lanzó hacia el lugar donde ella lo esperaba en una habitación oscura con las sábanas en desorden. Al abrir la puerta, la vio tendida sobre la cama con solo un tanga negro que se le clavaba entre los cachetes, las piernas abiertas y el coño ya chorreando por la anticipación. Sin decir ni una palabra, se le tiró encima arrinconándola contra el colchón mientras le arrancaba la poca ropa que llevaba, dejando al descubierto unos pechos firmes y unos pezones duros que le pedían a gritos que los mordiera. Ella gimió fuerte cuando le agarró el culo con las dos manos y se lo apretó hasta dejarle marcas de los dedos, sintiendo cómo su polla dura se le clavaba en el muslo mientras él le susurraba al oído lo que le iba a hacer. La primera embestida fue brutal, metiéndosela hasta el fondo sin piedad mientras le tapaba la boca con la mano para ahogar sus gritos de placer, pero ella no se calló ni un segundo: le pedía más, más fuerte, que la dejara bien abierta. Él le dio la vuelta como si no pesara nada y la puso a cuatro patas, agarrándola del pelo para que no se moviera mientras le escupía en el culo y se lo abría con la punta de su verga antes de metérsela sin piedad hasta el fondo, sintiendo cómo su coño se le aferraba como un puño mientras los jugos le resbalaban por las piernas. Los golpes secos de su pelvis contra sus cachetes llenaban la habitación junto con los gemidos ahogados de ella y los gruñidos de él, que cada vez que se la clavaba profundo le decía que se la iba a dejar bien marcada. El olor a sexo y sudor se mezclaba con el sonido de las carnes chocando sin parar mientras sus cuerpos sudados resbalaban el uno contra el otro, y ella no paraba de mover el culo hacia atrás para recibir cada embestida con más fuerza, hasta que sus rodillas empezaron a temblarle y supo que no aguantaría más. Él se lo notó al instante, le agarró las caderas con más fuerza y se la metió a fondo un par de veces más antes de que su polla empezara a temblarle dentro mientras se corría a chorros, llenándole el culo de leche caliente que le resbaló por las piernas mientras ella se dejaba caer sobre la cama jadeando y con las piernas temblorosas, completamente satisfecha y bien usada. Pero él no había terminado con ella, aún le quedaba un buen rato para seguir jugando y empotrársela donde más le gustaba.