Culo perfecto en vaquera invertida follada brutal
Kitana Montana tiene un culo que parece tallado a mano, redondo y firme como una manzana madura, y esa noche no llevaba más que un tanga negro que apenas le tapaba el coño empapado. El muy cabrón de su novio la empujó contra la pared del baño y le arrancó la ropa con los dientes mientras ella gemía como una puta en celo, mordiéndose el labio inferior para no gritar demasiado. Él le escupió en el coño para lubricarla mejor y luego se la empotró de un solo tirón, hundiendo la polla hasta las pelotas en su culo prieto que se abría como una flor bajo sus embestidas brutales. Kitana no paraba de chillar, con las tetas rebotando salvajemente cada vez que él la embestía con fuerza desde atrás, clavándole los dedos en las caderas hasta dejarle marcas rojas. Cuando ella empezó a empujar el culo hacia atrás para recibirlo con más ganas, él le dio una palmada en el culo que resonó como un disparo y le ordenó que se callara antes de que los vecinos la escucharan. La muy zorra se calló por un segundo, pero solo para abrirle la boca de par en par y tragárselo hasta la garganta, ahogándose con la polla gruesa que le llegaba hasta el fondo. Él le agarró la cabeza con ambas manos y se la folló la boca sin piedad, sintiendo cómo la saliva le resbalaba por la barbilla mientras ella intentaba aguantar el ritmo sin atragantarse. De repente, él la soltó y la puso de rodillas en el suelo, agarrándole las tetas con fuerza mientras le embestía el coño desde abajo, haciéndola gritar de placer con cada sacudida. Kitana no pudo aguantar más y se corrió con un gemido gutural, mojando la polla de él hasta los huevos mientras los jugos le resbalaban por los muslos. Él no le dio tiempo a recuperarse, le dio la vuelta y se la clavó por el culo otra vez, esta vez más lento pero igual de profundo, sintiendo cómo el coño se le contraía alrededor mientras ella se retorcía de placer. Cuando notó que él estaba a punto de correrse, se arrodilló frente a él y le lamió los huevos hinchados antes de abrir la boca bien grande para recibir el primer chorro de leche caliente que le salpicó la cara, los labios y hasta los pechos, gimiendo de gusto mientras él le cubría la piel con su corrida espesa. Después, se dejó caer en el suelo, jadeando y con las piernas temblorosas, mientras él se limpiaba los restos de leche de la polla con su propia camiseta antes de volver a empotrarla contra la pared.