Marina Gold abre su culito bien mojado con un juguete
Desde que lo vio empalmarse contra el espejo del baño, Marina no pudo sacarse de la cabeza esa polla gruesa que le apuntaba como un misil cada vez que ella pasaba por delante. Lo primero que hizo fue masturbarse con los dedos enredados en el pelo rojo, imaginando cómo sería sentir ese trozo de carne caliente abriéndole el culo hasta dejarla sin aliento. Para prepararse, se untó el coño de lubricante y se metió un consolador negro con base ancha, jadeando cuando la punta le rozó el agujero tembloroso. El juguete entraba y salía con fuerza, estirando su entrada prohibida hasta que el culo le quedó brillando y listo para recibir algo más grande. Cuando él llegó con esa verga enorme palpitando entre las piernas, Marina ya estaba gimiendo como una perra en celo, con las nalgas abiertas y la boca hecha un río de babas. Se tiró al suelo boca abajo, levantando el culo en cuatro patas mientras él le agarraba las caderas con manos brutales y le escupía saliva en el agujero para lubricarlo mejor. La primera embestida la dejó sin voz: la polla entraba como un ariete, rompiendo sus defensas mientras ella gritaba con la cara pegada al suelo. Él la empotraba sin piedad, cada golpe del pubis contra sus nalgas le dejaba marcas rojas y un sonido húmedo que resonaba por toda la habitación. Marina se retorcía como loca, con los pezones duros rozando el suelo y los muslos temblorosos por el esfuerzo de aguantar tanto placer. Cuando él le metió tres dedos en el coño mientras le follaba el culo, se corrió gritando con espasmos que le sacudieron todo el cuerpo. La corrida le brotó por las piernas, mojando el suelo mientras él seguía machacándole el culo sin piedad hasta que su leche caliente le llenó las entrañas y la dejó jadeando, con el coño y el culo goteando. Quedó tirada ahí, convertida en un amasijo de carne sudorosa y satisfecha, con las piernas abiertas y el agujero palpitante, deseando que la siguieran sodomizando hasta que no pudiera más.