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Arisa Ando chupa como diosa y Kenji Sato explota de placer

7:58 720P 3 Mujeres Asiáticas
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Estúdio ICHI

El olor a piel caliente y lubricante impregnaba el aire cuando Arisa Ando se arrodilló frente a Kenji Sato, sus ojos brillando con esa mezcla de inocencia y perversión que lo volvió loco desde el primer día. Ella sabía perfectamente cómo provocarlo: había pasado semanas enviándole fotos con ese kimono transparente, rozándolo al pasar en la oficina, susurrando promesas que nunca cumplía... hasta que esa noche, con los labios pintados de rojo, decidió poner fin a la tortura. La punta de su lengua jugó con el glande de Kenji antes de engullirlo hasta las pelotas, los gemidos ahogados vibrando contra su polla mientras sus manos lo agarraban de las nalgas, hundiendo las uñas. Kenji gruñó, enterrando los dedos en su melena sedosa, empujando cada vez más rápido, el sonido de saliva y carne chocando llenando la habitación. Ella no se apartó ni un segundo, tragando hasta que el semen brotó en chorros espesos, llenándole la boca mientras sus pupilas se dilataban de placer. Cuando él pensó que ya no podía más, Arisa apretó los labios alrededor de su verga, extrayendo hasta la última gota, sus mejillas hundidas y los ojos llorosos de tanto esfuerzo. La habitación olía a sexo crudo y sudor, pero a ninguno de los dos le importaba. El cuerpo de Arisa temblaba de excitación, su coño mojado chorreando contra sus muslos mientras se lamía los labios, saboreando lo que quedaba de él. Kenji, con la respiración entrecortada, solo alcanzó a murmurar su nombre antes de que ella, sonriendo con malicia, se inclinó para chupar de nuevo, esta vez con más furia. Las caderas de Kenji se levantaron de la cama mientras Arisa lo devoraba entero, sin dejar un milímetro de piel sin atención. El orgasmo lo desgarró por dentro, sus gritos ahogados en el pelo de ella mientras su polla pulsaba contra su garganta, llenándole la boca hasta el borde. Ella tragó con avidez, los músculos de su cuello trabajando sin parar, los ojos cerrados de puro goce. El tiempo se detuvo cuando él explotó por segunda vez, corriéndose tan fuerte que el líquido brotó entre sus labios, manchándole la barbilla. Arisa no se detuvo, succionando con fuerza hasta que no quedó nada, hasta que Kenji cayó hacia atrás, completamente rendido. El sabor salado persistía en su lengua mientras ella se limpiaba los labios con el dorso de la mano, mirándolo con esa sonrisa de diablesa que sabía que lo volvería a enloquecer en cuestión de minutos. El aire seguía espeso, cargado de lujuria, pero esta vez era diferente: ahora él era el que no podía resistirse. Sus ojos se encontraron, y sin decir una palabra, Arisa supo que la noche apenas empezaba. Kenji intentó recuperar el aliento, pero ya sentía cómo su polla se endurecía de nuevo, hinchada y lista. Ella se mordió el labio, deslizando una mano por su vientre hacia abajo, sintiendo el calor que desprendía bajo sus dedos. El sonido del primer gemido de Kenji resonó en las paredes, y Arisa supo que esta vez sería ella la que dictaría los términos. Con un movimiento rápido, se arrastró sobre él, sus pechos rozando su cuerpo mientras se colocaba a horcajadas, sus caderas inclinadas hacia adelante, invitándolo a entrar. Pero antes de que pudiera penetrarla, ella retrocedió, dejando que su aliento caliente le rozara la oreja. Susurró algo que él no pudo entender, y entonces, con un movimiento de cadera, se empaló de golpe, ahogando su grito con un beso profundo. Las caderas chocaron con fuerza, el sonido de piel contra piel llenando el silencio. Kenji se aferró a sus muslos, sintiendo cómo cada embestida lo acercaba más al borde. Las uñas de Arisa se clavaron en su espalda, marcándolo mientras montaba con frenesí, sus gemidos mezclándose con los de él. El sudor resbalaba por sus cuerpos, pegándose a la piel, pero ninguno quería parar. La habitación se llenó de sus gritos, de sus alientos entrecortados, de los sonidos de su cuerpo chocando una y otra vez. Arisa se movía como una diosa, sus curvas balanceándose con cada embestida, sus pechos saltando con el ritmo. Kenji la agarraba con fuerza, sintiendo cómo cada músculo de su cuerpo se tensaba, listo para explotar. Sus ojos se cerraron, concentrado en el placer que lo recorría, en la sensación de su polla hundiéndose una y otra vez dentro de ella. Y entonces, con un último gemido, sintió cómo el orgasmo lo sacudía, corriéndose tan fuerte que su cuerpo se convulsionó. Arisa no se detuvo, moviéndose más rápido, más desesperada, hasta que, con un grito agudo, alcanzó su propio clímax, su coño apretándose alrededor de él, ordeñándolo hasta dejarlo seco. Las olas de placer los envolvieron, sus cuerpos temblando de satisfacción. Pero justo cuando creían que todo había terminado, Arisa se inclinó hacia adelante, susurrando algo en su oído que lo hizo endurecer de nuevo. Sus labios se encontraron, y con un movimiento rápido, Kenji la empujó contra la cama, listo para empezar todo de nuevo. Esta vez, no habría provocación. Esta vez, sería puro y duro placer.

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