Bolas de miel chupadas con polla enorme
La morena se relamió los labios al ver el dulce baboso que le ofrecía su vecino mientras se ajustaba el delantal sucio de harina. Sin pensarlo dos veces, se agachó y se llevó una de esas bolas doradas a la boca, mordisqueando con fuerza mientras sus tetas rebotaban dentro de la blusa ajustada. Él no pudo resistirse y le agarró la nuca con fuerza, empujando su cabeza hacia abajo para que tragara cada trozo jugoso mientras su polla, gruesa y venosa, se frotaba contra su mejilla. La morena gimió con la boca llena, el caramelo derritiéndose entre sus dientes mientras sus manos se aferraban a los muslos del tipo, sintiendo cómo le temblaban las piernas al sentirlo crecer más y más contra su lengua. Él le escupió un poco de miel en la mano y se la untó en la verga antes de que ella se la chupara con avidez, lamiendo cada vena con la lengua áspera mientras sus gemidos se mezclaban con el sonido de los chupetones húmedos. Cuando por fin se la metió toda en la boca, ella no pudo evitar atragantarse, con los ojos llorosos y la saliva escurriendo por la comisura de los labios mientras él le agarraba el pelo y la empalaba una y otra vez, sintiendo cómo se le endurecía hasta casi reventar. Ella entonces se quitó el delantal, se quitó la blusa y se arrodilló en el suelo pegajoso, masturbándose con dos dedos mientras se tragaba su polla hasta la garganta, ahogándose en su propio baboso mientras él le gruñía al oído y le apretaba los pechos con saña. El primer chorro le quemó la garganta y ella tragó sin dudar, con los ojos vidriosos y la cara empapada de leche y miel, mientras su coño se mojaba sin control al sentirlo correrse dentro de su boca hasta dejarla llena de semen espeso y dulce.