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Chicas atadas se retuercen gritando en mazmorra

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Desde que la empujó contra los muros húmedos de la mazmorra sus piernas temblaron como gelatina, pero él no le dio chance de reaccionar cuando le clavó las esposas en las muñecas y el grillete frío le rozó los tobillos. El muy cabrón sabía que el cosquilleo en los pies desnudos la volvería loca, así que empezó a frotarle las plantas con la punta de sus botas militares mientras le susurraba al oído lo que le haría si no aguantaba los gemidos. Ella forcejeó contra las cadenas, pero el cuero crujió y el sudor le resbaló por el lomo mientras el cosquilleo le subía por los muslos, haciéndola retorcerse como una lombriz entre los hierros. Él no perdonó ni un segundo: le arrancó el top ajustado dejando al descubierto unos pezones duros que él pellizcó con saña mientras le metía dos dedos en el coño empapado, sintiendo cómo el calor le mojaba hasta los muslos. Los gritos se le escapaban entrecortados entre risas nerviosas, pero cuando él sacó la polla gruesa y roja y se la restregó contra el culo, hasta las paredes de la mazmorra temblaron con sus aullidos. Cada embestida contra el grillete le hacía rebotar las tetas contra su pecho mientras él reía al ver cómo sus piernas se sacudían sin control, los pies pataleando en el aire como si quisiera escapar de las cosquillas que le subían desde los dedos. El muy hijo de puta no se conformó con eso: le metió la polla hasta la garganta mientras le agarró los pelos y le obligó a chupársela hasta que la primera gota de leche le resbaló por la comisura de los labios, mezclándose con sus babas. Cuando ella ya no podía más —con el coño chorreando, los pies enrojecidos de tanto forcejear y la polla palpitando dentro de su boca—, él la soltó de golpe y le dio la vuelta para empotrarla contra el suelo frío, levantándole el culo bien alto para clavarle la verga hasta el fondo. Los últimos gemidos se le ahogaron en un sollozo cuando sintió cómo le llenaba el útero con su leche caliente, mientras las cadenas seguían sonando como campanas cada vez que las caderas de ella chocaban contra el suelo de piedra. Al final, cuando ya no le quedaban fuerzas ni para temblar, él le desató las manos y la dejó tirada sobre un charco de sudor y jugos, con las piernas abiertas y la mirada ida mientras le lamía los dedos llenos de su propio sabor.

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