Chico africano afortunado tiene dos novias calientes
El pobre tipo llevaba años aguantando miradas de reojo de esas dos diablas de culo prieto y tetas que rebotaban como melones maduros cada vez que pasaba cerca del pozo. La más morena, con su piel negra brillante como el betún y ese coño prieto bien depilado, le agarró del cuello de la camisa en cuanto lo vio agacharse a cargar agua, arrastrándolo hasta el maizal donde la otra, más clara pero con curvas de infarto, ya se había quitado el pareo y estaba tumbada sobre la manta con las piernas abiertas mostrando su conejita marrón reluciente. Sin decir ni pío, la negra se le tiró encima a horcajadas con ese culo duro como piedra, mientras la otra le bajaba los pantalones de un tirón para dejar al descubierto una verga gruesa y morada que ya goteaba por la punta sin que nadie la tocara. La primera le clavó las uñas en los hombros mientras se empalaba con un gemido gutural, sintiendo cómo su coño empapado se tragaba cada centímetro de esa polla que la reventaba por dentro, y la otra no perdió tiempo: se agachó para chuparle las bolas bien gordas mientras le masajeaba el perineo con la lengua, haciendo que el tipo se sacudiera como un poseído. Entre gritos y resbalones en la tierra húmeda, las dos se turnaban para cabalgarlo como bestias, una metiéndole el culo al fondo mientras la otra le ordeñaba la verga con la boca, hasta que el pobre no pudo más y se corrió a chorros dentro de la morena, que se retorció de placer al sentir cómo su coño se llenaba con esa leche espesa que le chorreaba por los muslos. La otra no se quedó atrás: se sentó sobre su cara y le obligó a lamerle la raja bien abierta hasta dejarla temblando, mientras él, exhausto pero feliz, juraba que nunca más volvería a cargar agua solo en el pozo.