Profesora viciosa empota polla gorda de su alumno
La señorita López llevaba semanas mirando con morbo cómo el chico más rebelde del salón se mordía los labios cada vez que ella se agachaba a recoger sus cosas... Hoy no pudo resistirse y lo atrapo en el aula vacía después de clases. El muy cabrón traía una verga enorme bajo el pantalón, palpitando orgullosa como si supiera que iba a ser suya. Se la sacó de un tirón y el chico se quedó boquiabierto al verla gruesa y venosa, con la punta morada de tanto deseo. Sin pensarlo dos veces, la profesora se arrodilló en el suelo de madera, se quitó el tanga negro que llevaba bajo la falda tableada y empezó a comérsela con avidez, chupando cada centímetro como si fuera un helado derretido. Él gimió fuerte, agarrándole la cabeza para empotrarle la polla hasta la garganta mientras ella le clavaba las uñas en las nalgas, sintiendo cómo la leche le subía por las venas. La profesora no quería solo que se la chuparan, así que se levantó de golpe, se apoyó en su escritorio y levantó la falda hasta la cintura, mostrando un coño empapado que brillaba bajo la luz del fluorescente. El chico no necesitó más invitación: se abalanzó sobre ella, le agarró las tetas grandes y duras por encima de la blusa y se la metió de un empellón, sintiendo cómo el coño se le ceñía como un guante a su verga monstruosa. Cada embestida hacía que los lápices de la mesa cayeran al suelo, que los gemidos resonaran en los pasillos vacíos y que los gemelos de ella se le agarraban al cuerpo como si no quisieran soltarlo nunca. La profesora gritaba como una puta en celo, pidiendo más fuerte, más profundo, más rápido, mientras el chico le soltaba azotes en el culo con cada empotrada, dejando marcas rojas que sabían a gloria. Cuando sintió que el semen le hervía en las bolas, se retiró un poco y se corrió sobre su cara, el coño y las tetas, dejando rastros blancos que ella se limpió con los dedos y se los llevó a la boca para probar su propio gusto mezclado con el de él. Se quedaron jadeando sobre el escritorio, con el uniforme arrugado, los cuerpos pegajosos y la evidencia de su pecado esparcida por todas partes. Pero a ninguno le importó, porque hoy la señorita López no fue la profesora estricta... sino la alumna más aplicada de su propia clase.