Chupando el culo de mi macho hasta ahogarme en leche
Desde que lo vi por primera vez en el gimnasio, cada vez que se agachaba a recoger las pesas yo me quedaba boquiabierta mirando su culo prieto apretado entre esos pantalones ajustados. Cuando por fin me sonrió y me invitó a su casa para 'tomar algo', supe que esta noche no iba a ser de cafés ni de charlas inocentes. En cuanto cerró la puerta, me lancé sobre él como una perra en celo, le bajé el pantalón de un tirón y su gruesa polla saltó libre, ya dura como una roca y con las venas palpitando de deseo. Con las manos temblorosas le agarré las nalgas duras y le enterré la cara entre las dos mejillas, lamiendo ese agujero apretado que olía a sexo crudo y a sudor limpio. Él gruñó como un animal y se empujó contra mi boca, obligándome a tragarme su rabo entero mientras sus dedos se enredaban en mi pelo tirándome con fuerza para que no me escapara. La saliva me caía de la comisura de los labios mientras le chupaba el culo con voracidad, metiendo la lengua bien hondo hasta sentir cómo se le ponía la piel de gallina y los muslos le temblaban. Cada gemido que soltaba era un jadeo entrecortado, como si estuviera a punto de romperse, y yo seguía sin piedad, chupando y mordisqueando sus bolas pesadas que se contraían con cada lametón. Cuando ya no pudo más, me agarró de los brazos y me empujó contra el sofá, arrancándome el vestido con un tirón seco mientras yo me retorcía de excitación con el coño completamente empapado. Se arrodilló frente a mí y me abrió las piernas de par en par, metiendo primero dos dedos gruesos dentro de mi raja mojada mientras me lamía los labios hinchados con una lengua que parecía de fuego. No aguanté ni tres segundos antes de que me empotrase contra el respaldo, clavándome su verga hasta el fondo mientras mis tetas botaban con cada embestida violenta y mis gritos llenaban el apartamento. La polla le latía dentro con tanta fuerza que sentí cómo se le hinchaba más y más, y entonces me avisó con un gruñido animal: 'ahora me corres en la boca, perra'. Me tapó la nariz con una mano mientras con la otra me agarraba la cabeza contra su entrepierna, ahogándome literalmente en su leche espesa y caliente que me llenó la garganta una y otra vez hasta que no quedó ni una gota, escurriéndose por mi cuello y mis tetas en hilos blancos que me dejaron completamente cubierta. Cuando por fin me soltó, escupí el último chorro de leche que me quemaba la lengua y me quedé ahí, jadeando, con los labios brillantes y el coño tan abierto que podría haber metido otra polla sin problema.