Gojo y Akari se entregan a un deseo prohibido
El olor a tinta fresca y papel quemado te envuelve mientras la miras fijamente, sus ojos brillantes clavados en los tuyos, las manos temblorosas rozando tu uniforme. Llevas días sintiendo esa tensión, esos roces "accidentales" en el pasillo, las miradas que duran un segundo más de lo permitido. Ahora, en la biblioteca vacía, ya no hay excusas: la agarras por la cintura y la empujas contra los estantes, sintiendo cómo su respiración se acelera al chocar contra tu pecho. Le arrancas el uniforme con urgencia, dejando al descubierto sus tetas firmes, los pezones duros como guijarros, y te lanzas a chuparlos con fuerza mientras ella gime y te clava las uñas en los hombros. Su coño ya está mojado cuando metes los dedos, explorando cada pliegue antes de reemplazarlo con tu polla, entrando de una estocada que la hace gritar. La levantas contra la pared, sus piernas alrededor de tu cintura, y empiezas a embestirla sin piedad, sintiendo cómo sus músculos internos se aprietan alrededor de tu verga cada vez que la hundes hasta el fondo. Sus gemidos se vuelven más altos, más desesperados, y cuando te corres dentro de ella, llenándola hasta rebosar, Akari solo puede pensar en lo mucho que ha esperado este momento, en cómo su cuerpo finalmente se rinde al placer que tanto había deseado.