Joven pastelera se deja usar duro sin piedad
La chiquilla de dieciocho recién salida del horno no podía resistirse cuando él la agarró de la cintura en la trastienda, el delantal manchado de crema le resbalaba por los muslos mientras la polla le rozaba el vientre tenso. Ella soltó un gemido ahogado al sentir el primer empujón, la polla gruesa abriéndole el coño estrecho que ya goteaba de puro deseo, los dedos de él hundiéndose en sus caderas para clavársela hasta el fondo. La pastelera se dejó caer sobre la mesa de mármol, las tetas rebotando con cada embestida brutal mientras él le arrancaba el vestido de un tirón, dejando al descubierto el culo prieto y redondo que temblaba bajo sus manos. El sonido de los azotes se mezclaba con los gritos de ella, que no paraba de repetir su nombre entre jadeos, la polla entrando y saliendo con fuerza mientras la harina le cubría la piel sudorosa. Él le agarró el pelo y le obligó a arquear la espalda, el coño empapado de leche y sudor, los labios hinchados y brillantes de tanto follar. La pastelera no pudo aguantar más, las piernas le temblaban y los gemidos se volvieron un coro desesperado hasta que explotó en un orgasmo violento, el coño apretando la polla como una tenaza mientras él le soltaba toda la leche bien adentro, gruñendo como un animal mientras se corría hasta vaciarle el útero. La mesa quedó llena de fluidos, el delantal tirado al suelo y ella, exhausta, se derrumbó sobre él con los muslos pegajosos y la respiración entrecortada, sabiendo que esa noche no solo había horneado pasteles.