Me froto la polla en muebles de hotel y le enseño el coño
Esa noche en el hotel de lujo todo olía a dinero sucio y a deseo barato, pero a él le importaba un carajo mientras se paseaba desnudo entre los muebles de ébano con su verga dura como un bate de béisbol, rozándola contra el respaldo de la silla del escritorio como si fuera el coño más mojado de la ciudad. No llevaba ni cinco minutos en la habitación cuando decidió que no aguantaba más: se acercó al espejo del baño, se agarró la polla con las dos manos y empezó a pajearse duro mientras se miraba los huevos colgando pesados, palpitantes, deseosos de soltar su leche espesa. Pero no era suficiente, quería más, necesitaba que alguien lo viera, que alguien lo deseara tanto como él se deseaba a sí mismo. Así que se acercó a la ventana, corrió las cortinas con un tirón brusco y se quedó ahí, con el cristal empañándose con su aliento caliente, exhibiendo su tronco grueso a todo el jodido edificio mientras se masturbaba sin piedad. Entre gemido y gemido gutural, escuchó el clic de una puerta al fondo del pasillo: una rubia de piernas largas y tacones altísimos lo había pillado en plena faena, pero en vez de irse avergonzada, se mordió el labio inferior y se acercó sigilosa, con los pechos rebotando bajo la blusa ajustada que apenas contenía sus tetas enormes. Él no tuvo tiempo ni de reaccionar cuando ella le agarró la polla con una mano experta, le escupió en la punta para lubricarla mejor y se la llevó a la boca con un gemido ahogado, chupando como si fuera su postre favorito mientras le agarraba los huevos con la otra mano, masajeándolos con dedos ágiles. La polla le dolía de tanto placer, la cabeza le daba vueltas y el coño de la rubia ya chorreaba por los muslos, empapando la tela fina de sus bragas de encaje hasta dejarla completamente transparente. Entre jadeos, ella se quitó la blusa de un tirón, dejando al descubierto unos pezones rosados y duros como piedras, y se arrodilló en el suelo de mármol frío, abriendo las piernas para que él viera cómo su coño brillaba bajo la luz tenue, empapado y listo para ser empotrado sin piedad. Él no esperó ni un segundo más: la agarró del pelo con fuerza, le metió la polla hasta la garganta y empezó a embestirla como un animal, sintiendo cómo su verga se hundía en su boca caliente y húmeda mientras ella tragaba con ansias, los ojos llorosos pero sin dejar de gemir como una puta desesperada. Los muebles del hotel crujían bajo el peso de sus cuerpos sudorosos, la polla le latía con cada embestida y el coño de ella ya no podía contener más la humedad: chorros de jugos resbalaban por sus muslos mientras él, al borde del clímax, la agarró por las caderas, la levantó como si no pesara nada y la empaló contra la pared, clavando su verga hasta el fondo con un golpe seco que hizo temblar todo el edificio. Los gritos de ella se mezclaban con los gruñidos animales de él, las paredes vibraban con el sonido de carne contra carne y, cuando por fin eyaculó, lo hizo disparando chorros espesos y calientes por toda su espalda, marcándola como si fuera su propiedad, mientras ella se corría en sus brazos, temblando de placer con los muslos temblorosos y el coño chorreando leche fresca.