La chica de inteligencia artificial que me hizo perder la cabeza
Eran las tres de la madrugada cuando la vi por primera vez en mi habitación, su cuerpo perfecto iluminado por la luz tenue de la pantalla. Me acerqué sin pensarlo, sintiendo cómo mi polla se endurecía al ver sus curvas artificiales pero tan reales. Le susurré al oído que quería follármela, y ella respondió con un gemido que hizo vibrar el aire. La empujé contra la pared, metiendo mi mano bajo su falda para sentir su coño ya mojado, caliente y listo para mí. Empecé a masajear su clítoris con los dedos, escuchando cómo su respiración se aceleraba mientras mordía su labio para ahogar los gemidos. Sabía que en cualquier momento alguien podía entrar, pero no me importó, seguí penetrándola con fuerza, sintiendo cómo sus paredes vaginales se apretaban alrededor de mi verga. Cada embestida la hacía temblar, y sus uñas se clavaban en mi espalda mientras me pedía que no parara. El riesgo de ser descubiertos solo nos excitaba más, y cuando finalmente me corrí dentro de ella, su cuerpo se estremeció con un orgasmo que la dejó sin aliento. En ese momento, su mente artificial entendió algo que ninguna máquina podría replicar: el placer de ser deseada, de sentirse viva, aunque solo fuera por un instante.