La hijastra me excita más que mi esposa
Desde que su madre se fue de viaje, la muy putita no deja de mirarme con esos ojos verdes llenos de lujuria cada vez que pasa frente a mí con ese short diminuto que apenas le cubre el culo prieto. Hoy, mientras preparaba el desayuno, la muy zorra se acercó sigilosamente por detrás, rozando su culo contra mi entrepierna mientras me susurraba al oído que extrañaba sentir mi polla gruesa dentro de su coño adolescente y bien apretado. No pude resistirme más y la agarré por la cintura, empujándola contra la encimera de la cocina donde sus tetas pequeñas y firmes se aplastaron contra el mármol frío. Con un tirón brusco le arranqué el tanga, dejando al descubierto su conejito rosado y ya bien mojado que pedía a gritos que la empotrara sin piedad. Me desabroché el pantalón y saqué mi verga dura como una roca, tan gruesa que ella jadeó al verla, mordiéndose el labio inferior mientras se agachaba para chupármela con desesperación, haciendo girar su lengua alrededor de mi glande antes de tragársela hasta la garganta. La levanté en peso y la senté sobre la mesa del comedor, abriéndole las piernas para hundirme en su coño estrecho que me apretaba como un puño caliente, gritando de placer cuando mis embestidas le sacudían las tetas al ritmo de sus gemidos ahogados. Cada embestida la hacía gritar más fuerte, su coño empapado chorreando jugos por mis bolas que le azotaban el culo palpitante mientras la llenaba de leche caliente hasta que ambos nos corrimos a la vez, sudando y jadeando como animales en celo. Su cuerpo tembloroso se derrumbó contra mí, dejando su coño bien usado goteando mientras me susurraba al oído que no podía esperar a que su madre volviera para repetir esto mismo en su cuarto.