La japonesa domina castiga con pie y sobaco apestoso
Desde el primer segundo ella lo supo: ese maldito pervertido no podía apartar los ojos de sus pies mientras se quitaba el kimono ajustado. Con una sonrisa de superioridad, la japonesa de mirada fría le ordenó arrodillarse en el tatami sucio y empezar a pajearse lento mientras ella se acercaba, arrastrando su axila sudorosa y apestosa justo frente a su nariz congestionada. El pobre tipo tragó saliva al sentir el olor a cerrado, a humedad de gimnasio olvidado, mezclado con ese toque dulce de perfume barato que solo las japonesas dominantes saben llevar. Ella le escupió en la cara sin piedad mientras le exigía lamerle el sobaco en círculos, con la lengua temblorosa y los ojos lagrimeando por el esfuerzo. Cada lametón le dejaba un rastro pegajoso en la piel, mezclando su saliva con el sudor rancio que le bajaba por las costillas hasta el ombligo hundido. Mientras tanto, el tipo se ahogaba con su propia leche, frotando la polla palpitante contra la madera del piso hasta dejar marcas de semen pegajoso. La japonesa, al verlo así de sumiso, pisó con fuerza su entrepierna, aplastando sus bolas contra el suelo mientras le gritaba que no se corriera todavía, que la castigaría por atreverse a eyacular sin permiso. Él gimió como un perro apaleado, con los músculos del cuello tensos y la cara roja de vergüenza y placer, mientras ella le clavaba el tacón del zapato en el culo para que no se moviera ni un centímetro. Cuando por fin le dio permiso, el tipo explotó en un chorro grueso que le salpicó los muslos y le dejó el sobaco aún más empapado de sudor y semen, mezclado con la baba babosa que le caía de la boca al respirar agitado. Ella se rio con desdén, le dio una patada en el pecho para que se callara y se alejó con paso firme, dejando atrás a ese maldito degenerado con los pantalones llenos de manchas blancas y el olor a derrota pegado a la piel.