Las alas pervertidas revientan el tanga mojado
Desde que la vio por primera vez con ese sujetador que le apretaba las tetas como si fueran a reventar, él no pudo sacársela de la cabeza ni un maldito segundo. Cada vez que pasaba frente a su ventana con el vestido ajustado, el coño le ardía de ganas de que la embistiera contra el cristal hasta dejarle las marcas de los dedos en la carne. Esa noche, después de que ella simulara no verlo mientras se quitaba el tanga en la oscuridad, él no aguantó más: la agarró del pelo, le escupió en el culo y le metió los dedos hasta que la polla le chorrea los jugos de lo mojada que estaba. La puta gimió como una perra en celo cuando él le arrancó el vestido con los dientes y le lamió los pezones duros como piedras mientras le frotaba la verga en el coño empapado. No hubo tiempo para juegos: la tiró sobre la cama, le abrió las nalgas con fuerza y se la clavó hasta que los huevos le golpeaban el culo con cada embestida brutal. Ella gritó, arañó las sábanas y le suplicó que la llenara por completo mientras él le chupaba el cuello y le mordía los labios hasta hacerla sangrar. Cuando sintió que el semen le subía por la polla como lava hirviendo, la embistió una última vez hasta que la punta le rozó el cuello del útero y le soltó todo dentro sin avisar. El coño le temblaba de placer, los muslos le temblaban y él no dejó de empujar hasta que los dos quedaron exhaustos, sudorosos y con la piel pegajosa de los jugos mezclados que le escurrían por las piernas.