Mujer disfruta que le empotren ambos agujeros con audio
La esposa no podía aguantar más las ganas después de escuchar tu voz ronca susurrándole lo que le harías al coño y al culo mientras se masturbaba frente al espejo del baño. Cuando abriste la puerta con esa sonrisa pícara y le mostraste el consolador morado que habías comprado para ella, sus bragas ya estaban empapadas y el olor a sexo llenaba el aire. Sin perder tiempo, la agarraste del pelo y la empujaste contra la pared, sintiendo cómo su culo se estremecía al notar el frío de la baldosa contra su piel caliente. Le susurraste al oído lo sucia que era por desear tanto que le metieras la polla hasta el fondo en los dos hoyos, y ella respondió gimiendo como una puta desesperada mientras se agarraba a tus brazos con las uñas clavadas. Primero fue el consolador, bien engrasado y resbaladizo, que le abría el culo poco a poco mientras tú le follabas el coño con los dedos, escuchando cada gemido ahogado salir de su garganta. Cuando ya estaba bien abierta y su agujero trasero temblaba de placer, cambiaste el juguete por tu verga dura como una roca, gruesa y palpitante, que le entró de un solo empujón hasta el fondo sin piedad. Los gritos de ella resonaron en toda la casa mientras te balanceabas dentro de su coño apretado, sintiendo cómo sus paredes se contraían cada vez que su culo recibía otra estocada brutal. El sonido de la carne chocando contra carne, los gemidos ahogados mezclados con tus gruñidos de satisfacción y el olor a sudor y lubricante llenaban la habitación, haciendo que el ambiente fuera aún más caliente. Cuando notaste que su cuerpo se tensaba como un resorte, supiste que estaba a punto de correrse, así que aceleraste el ritmo, empotrándola con tanta fuerza que sus tetas rebotaban sin control. La primera corrida le brotó como un géiser entre las piernas, empapando sábanas y colchón, mientras tú seguías machacándole el culo sin piedad hasta que tu propia leche quemante la inundó por dentro, dejándola temblando y exhausta sobre la cama, con las dos entradas bien usadas y el cuerpo cubierto de marcas rojas de tus manos. Lo mejor fue escuchar cada susurro sucio que salía de tu boca mientras la desvirgabas por ambos agujeros, porque eso la excitó más que cualquier juguete o película porno barata.