Pareja gay se folla sin avisar en vacaciones
Estaban en la playa cuando él le pasó la mano por el culo del marido al salir del agua, la tanga empapada pegada a ese culo prieto que llevaba meses volviéndolo loco. El tipo no se aguantó y lo empujó contra la arena mojada, arrancándole el bañador de un tirón para dejar su polla bien dura al aire libre bajo el sol fuerte. El marido, con ese culo ancho que tanto le ponía, se dejó hacer sin decir ni pío mientras le lamía el cuello sudado y le agarraba las nalgas firmes con las dos manos. La primera embestida fue brutal, el glande rozando la entrada estrecha que él ya tenía más que preparada con saliva y ganas de más. Entre gemidos ahogados y el sonido de carne chocando contra carne, el marido se dejó caer de rodillas en la toalla y abrió la boca como una puta hambrienta para recibir esa verga gruesa que le llenaba la garganta al instante. El sabor a salitre y a piel tostada le excitó más de lo que imaginaba, haciendo que su propio coño —aunque fuera un culo— se mojara aún más con cada sacudida de la polla que le metían sin piedad. Cuando lo levantaron en volandas para empotrarlo contra una palmera, el marido gruñó como animal en celo al sentir cómo esa verga monstruosa le abría el culo de par en par, estirando cada músculo con un dolor placentero que le hizo babear de gusto. Las gotas de sudor le caían en el lomo mientras el otro le mordisqueaba las tetillas duras como piedras, susurrándole al oído lo buena que estaba esa carne prieta y sudada bajo sus manos. La corrida llegó sin aviso, el gordo chorro de leche caliente le bañando el fondo de la garganta al marido, que se tragó cada gota con los ojos en blanco y las piernas temblorosas. Lo dejaron tirado en la arena, con el culo rojo y abierto, mientras él jadeaba buscando aire entre risas y maldiciones, sabiendo que esa follada improvisada se quedaría grabada para siempre en sus memorias como la mejor de sus vacaciones.