Polla gruesa me moja el coño una y otra vez
El cabrón de Pato llegó con esa verga gigante que siempre me pone los vellos de punta, gruesa como un brazo y palpitando con cada paso mientras se baja los pantalones. Sin mediar palabra, me agarró del pelo y me clavó la cabeza contra su entrepierna, obligándome a abrir bien la boca para engullirle la polla hasta la garganta sin respirar. Apenas podía tragar con ese tronco dentro, el sabor salado y caliente me resbalaba por la lengua mientras sus caderas me empujaban sin piedad, haciéndome gemir con la boca llena. No tardó en sacármela para lamerme el coño depilado con lengüetazos largos que me hacían arquear la espalda y soltar chorros de jugos por todo su hocico. Se relamió los labios antes de empujarme contra la mesa, levantándome el culo para metérmela de un tirón desde atrás, empotrándome tan fuerte que los muebles crujían y yo chillaba como una perra en celo. Cada embestida me llevaba al borde del orgasmo, la polla abriéndome el coño de par en par mientras sus bolas golpeaban contra mi clítoris hinchado, dejándome temblando y mojada como una fuente. Me corrí gritando su nombre con la cara enterrada en el colchón, los muslos temblorosos y el coño chorriando sobre sus pelotas, que se manchaban de mi leche caliente mientras seguía metiéndomela sin piedad. La tercera vez que me vine, ya no sabía ni dónde estaba, solo que quería más: chuparle la polla hasta dejarla limpita, que me follara contra la pared hasta quedarme sin aliento y que me llenara el culo de leche espesa hasta que me corriera otra vez. Pato no paró hasta dejarme agotada, con la entrepierna empapada y el cuerpo hecho un trapo, pero juro que volvería a hacerlo mil veces si esa verga monstruosa es lo que me espera.