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Puta cachonda paga por su noche de lujuria

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Estúdio Malefun

La rubia de curvas explosivas entró al motel con un vestido tan ajustado que parecía pintado sobre su piel, los pezones marcándosele bajo la tela fina como si suplicaran que los arrancaran de una vez. El recepcionista le pasó la llave con una sonrisa de oreja a oreja mientras le susurraba al oído que en la habitación 12 la esperaban dos machos con pollas duras listas para reventarle el coño en llamas. Ella se mordió el labio inferior, sintiendo cómo su entrepierna se empapaba al imaginarse esos cuerpos sudorosos empotrándola contra el espejo empañado por los gemidos que ya escapaban de su garganta. La puerta ni siquiera se cerró cuando uno de ellos la agarró por la cintura, levantándole el vestido hasta dejarle el culo al aire y enterrarle los dedos en la carne mientras le lamía el cuello hasta dejarle marcas moradas. La polla gruesa y venosa del otro le rozó los labios antes de que se la clavara hasta la garganta, haciéndola atragantarse con los chorros de babas que le escurrían por la barbilla. Entre gemidos ahogados y maldiciones, la arrastraron al colchón donde le arrancaron las bragas de un tirón, dejando al descubierto un coño tan mojado que brillaba bajo la luz amarillenta del cuarto, listo para ser devorado. Él le metió la cara entre las piernas, lamiéndole el clítoris hinchado con movimientos circulares que le hacían arquear la espalda hasta casi romper la cama, mientras el otro le agarraba las tetas con fuerza, apretándolas hasta que los pezones rosados se pusieron duros como piedras. Cuando por fin la penetró de un empellón brutal, la puta gritó tan fuerte que el vecino del piso de al lado golpeó la pared pidiendo silencio, pero a ella poco le importó: el monstruo de carne que le reventaba las paredes del coño era exactamente lo que necesitaba para correrse en menos de cinco minutos, con los muslos temblorosos y la saliva escurriéndosele por las comisuras de la boca entre espasmos de placer. Los dos se turnaron para follársela hasta que el condón quedó cubierto de leche espesa, y aunque ella supo que al día siguiente le dolería hasta sentarse, en ese momento solo quería más, más y más hasta que la habitación oliera a sexo y sus cuerpos quedaran marcados con moretones de pasión descontrolada.

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