Puta estrella del porno se corre con pies y lengua experta
Jason llegó con esa mirada de macho dominante que a Eva siempre la tenía con las bragas hechizas a punto de reventar, y aunque ella se hizo la dura al principio, el roce de sus botas de cuero sobre el suelo de mármol la delató al instante. Él ni siquiera tuvo que tocarla para que su coño empezara a gotear, pero el muy cabrón se tomó su tiempo, pasando la planta callosa de su pie por el empeine de ella mientras le susurraba al oído que sabía que llevaba las uñas pintadas de rojo y que le encantaba que le lamiera los dedos hasta dejarlos limpios de esmalte. Eva, con ese culo respingón que tanto lo ponía, se dejó caer de rodillas en la alfombra persa antes de que él terminara de quitarse la camisa, y sin perder tiempo le desabrochó el cinturón para sacarle esa verga gruesa y morada que ya le goteaba por toda la cabeza. Jason no perdió ni un segundo en empotrarle la polla hasta la garganta mientras le agarraba de los pelos con fuerza, haciendo que ella ahogara un gemido ahogado entre toses y babas, pero con los ojos vidriosos de placer. Lo peor —o lo mejor— fue cuando él le obligó a lamerle las plantas de los pies, llenas de callos y sudor salado, mientras con la otra mano le metía dos dedos bien adentro del coño empapado, sintiendo cómo las paredes le temblaban al ritmo de sus lametones babosos. Eva, entre gritos y jadeos, no pudo evitar correrse una primera vez cuando él le empezó a lamer el culo desde atrás, chupándole el esfínter con esa lengua experta que la volvió loca, y luego vino la guinda: Jason la levantó como si no pesara nada, la puso a cuatro patas sobre la mesa de centro y le metió la verga hasta las pelotas mientras le azotaba el culo con un zapato mojado en aceite de masaje. Las embestidas eran brutales, el sonido de los muslos chocando contra su culo húmedo resonaba en todo el apartamento, y entre gemidos guturales ella le suplicaba que no se corriera todavía, que quería sentir cómo se la llenaba por completo. Pero Jason no tenía piedad, y con un último empujón profundo que le hizo arquear la espalda como un gato en celo, le disparó toda su leche caliente hasta el fondo del útero, haciendo que Eva se desmayara literalmente de tanto placer, con los pies aún temblorosos y la boca llena de babas y restos de corrida.