Tres negros salvajes follan duro en el monte
El aire olía a hierba húmeda y sexo cuando él se agachó para enterrar la cara entre sus nalgas oscuras, lamiendo con furia el culo prieto mientras los otros dos se masturbaban con las pollas gordas y brillantes por el sudor. Sus gemidos resonaban entre los árboles, mezclados con el sonido de la carne golpeando carne al ritmo de los empujones brutales que le clavaban por ambos agujeros sin piedad. Uno le sujetaba las piernas abiertas como si fuera un animal, obligándolo a recibir cada embestida con la boca llena de verga palpitante, mientras el otro le escupía en el coño antes de hundirse hasta las bolas, dejándolo gritando de placer y dolor. La saliva le resbalaba por la mandíbula al intentar chupar dos pollas a la vez, pero los negros no tenían piedad, solo querían correrse dentro de él, llenarlo de leche espesa hasta que el líquido blanco le escurriera por las piernas. El olor a sexo crudo se mezclaba con el sudor caliente de sus cuerpos musculosos, que se movían como bestias en celo, sin importarles los rasguños de las ramas ni el barro que se les pegaba a la piel. Uno le agarró del pelo y le obligó a tragar hasta el fondo, sintiendo cómo la polla le llegaba a la garganta mientras el otro le empotraba el culo con fuerza de máquina, haciendo que cada embestida le hiciera soltar un gemido ahogado entre arcadas. Cuando por fin le llenaron las dos entradas con su leche caliente, los tres se quedaron jadeando, con las respiraciones entrecortadas y las pollas aún duras, listas para seguir follando hasta que el cuerpo no diera más. Las nalgas le ardían por el castigo recibido, pero el coño le seguía goteando de lo mojada que estaba, deseando más, siempre más, sin importar lo salvaje que fuera el trato. Los negros se reían mientras le limpiaban los restos de corrida de la cara con sus vergas aún palpitantes, dejando marcas de semen por todas partes como prueba de su posesión. Ahora solo quedaba tumbarse en la tierra, con el cuerpo adolorido pero la mente ida del placer, sabiendo que en el monte nadie los iba a encontrar... ni ellos mismos querrían ser encontrados.