Vecina brasileña pide azúcar y se lleva polla en el culo
Llevaba días viéndola pasar con ese short ajustado que le marcaba el culo prieto, y hoy no aguantó más: "¿Me prestas un poco de azúcar?", le soltó con voz melosa mientras se mordía el labio inferior, y él no pudo resistirse ni un segundo más. En cuanto cerró la puerta tras de sí, la empujó contra la pared de la cocina, le arrancó el tanga de un tirón y le escupió en el coño empapado antes de clavarle la verga dura como una roca hasta el fondo. Ella gimió como una puta en celo, arqueando la espalda para ofrecerle mejor ese culito apretado que ya le temblaba de anticipación, mientras sus tetonas rebotaban salvajes con cada embestida brutal que le metía hasta las pelotas. Él le tapó la boca con una mano para que no despertara a toda la cuadra, pero ella se retorcía como una loca, chupándole los dedos con desesperación mientras el coño le chorreaba jugos por las piernas. "¡Más duro, cabrón! ¡Empótrame ese culo hasta reventar!", le suplicó con voz entrecortada entre gemidos ahogados, mientras sus uñas se clavaban en sus muslos tratando de agarrarse a algo. Él cambió de ritmo, sacándosela casi por completo para luego clavársela de golpe hasta el fondo, haciendo que su culo se abriera como una fruta madura y dejara escapar un sonoro "plaf" cada vez que la carne chocaba contra la carne. El sonido de sus cuerpos chocando resonaba en la pequeña cocina, mezclado con los gritos ahogados de ella y los gruñidos bestiales de él, que no paraba de maldecirla entre dientes mientras le agarraba las tetas desde atrás y se las apretaba hasta dejarle marcas rojas. Cuando sintió que el orgasmo le subía por la espalda como un fuego líquido, le agarró la cabeza y le metió la polla hasta la garganta mientras se corría a chorros, llenándole el culo de semen espeso que se le escurría por los muslos y le manchaba las piernas. Ella se derrumbó contra la encimera, jadeando y con el coño más mojado que nunca, mientras él le limpiaba los restos de corrida que le caían por el culo con la lengua, lamiéndoselo todo hasta dejarla reluciente y exhausta. Antes de irse, le susurró al oído: "La próxima vez trae más azúcar... y prepárate para que te folle hasta que no puedas caminar", y salió por la puerta dejando tras de sí el olor a sexo y sudor que inundaba toda la casa.