Alphonzo Layz destrozó a la caliente esposa oriental con su enorme verga
Te voy a contar cómo ese cabrón tuvo la audacia de retarme: dijo que ni yo, con mis tetas grandes y mi culito prieto, iba a aguantar su polla hasta el final. ¿Te imaginas? El muy atrevido creyó que me iba a rendir como cualquiera, pero la que lo dejó temblando fui yo. Su verga negra, gruesa como un puto poste, apenas cabía en mi garganta cuando me la metió de golpe, ahogándome. Pero no me dejé, le escupí y le ordené que me diera vuelta, que me empotrara contra el sofá mientras Maxine, mi marido cornudo, miraba con los ojos vidriosos. Cada embestida suya me hacía gritar, su culo rebotaba contra mis muslos mientras yo me tragaba su leche, pero eso no fue suficiente. Lo desafié a que me hiciera correrme, y el muy pendejo se arrodilló, chupando mi coño hasta que me vine en su cara. Eso no lo esperaba, pero aún no he terminado con él. La próxima vez, veremos quién suplica primero.