Chiquilla se masturba con dildo después de clases
La morrita llegó a casa con el uniforme aún arrugado y una mirada que delataba lo cachonda que estaba... Nada más cerrar la puerta, se quitó los zapatos de un tirón y se dejó caer sobre la cama con un suspiro largo. Las tetas le rebotaban bajo la blusa blanca mientras se bajaba las medias hasta los tobillos, dejando al aire esos muslos pálidos y bien torneados. Con dedos temblorosos, se metió la mano por dentro del encaje de las bragas rosas y no pudo evitar gemir al sentir lo mojada que estaba. El dildo, ese cilindro rosado con textura de venas, lo sacó de su escondite bajo la almohada y lo lamió un par de veces antes de introducirlo entre sus labios carnosos, probando su propio sabor a coño recién abierto. Se lo clavó hasta el fondo sin piedad, mordiéndose el labio inferior para no gritar, mientras las caderas se le sacudían solas al ritmo de las embestidas imaginarias. Las tetas le botaban al compás de cada empujón, los pezones duros como piedritas bajo la tela húmeda de la blusa. Se imaginó que era un pene enorme, grueso y venoso, empotrándola contra el colchón hasta dejarla sin aire, con la boquita entreabierta soltando gemidos ahogados. El orgasmo le llegó de golpe, como un trueno que le recorrió la espalda entera, haciéndole arquear la espalda y clavar las uñas en las sábanas mientras el dildo le retorcía las entrañas. Se quedó quieta un momento, jadeando, con las piernas temblorosas y el coño empapado, hasta que el último espasmo la dejó exhausta y satisfecha, con la cara enrojecida y los labios brillantes de saliva.