Felipe Brodin se excita en el bus con un culo que no puede resistir
Felipe Brodin no lo iba a admitir, pero el viaje a Maringá se le hizo eterno con esa tentación sentada frente a él. El tipo de ojos marrones y culo perfecto, ese que llevaba meses imaginando húmedo alrededor de su polla. Sabía que era una locura, que no debería, pero cuando el bus se llenó y las miradas se distrajeron, no pudo resistir. Empezó rozando discretamente sus muslos contra los de él, sintiendo cómo ese culo apretado se tensaba bajo sus dedos. El otro ni siquiera lo rechazó, solo gimió bajito cuando Felipe desabrochó su cinturón y dejó que su verga dura como roca presionara entre esas nalgas firmes. Lo que empezó como un roce se convirtió en un bombeo lento, casi imperceptible, pero cuando el tipo se giró y lo miró con esos ojos llenos de lujuria, Felipe supo que estaba perdido. Lo empujó contra la ventana y le bajó los pantalones, dejando al descubierto ese culo redondo y moreno que tanto había anhelado. No hubo palabras, solo el sonido de sus cuerpos chocando, de sus respiraciones aceleradas y los gemidos ahogados cuando Felipe entró de una estocada hasta hacerle tocar el cuello del útero. Lo embestía sin control, sintiendo cómo ese culo se ajustaba a su polla como un guante, mojado y apretado. Sabía que era un error, que si alguien los descubría, estarían en problemas, pero no le importaba. Solo quería correrse dentro de él, marcarlo, sentir cómo ese culo se apretaba alrededor de su verga mientras explotaba. Cuando al fin lo hizo, con un gruñido gutural que apenas pudo contener, supo que el otro también estaba llegando al límite. El tipo se mordía el labio, los ojos cerrados, sintiendo cómo la leche caliente lo llenaba por completo. Felipe lo sostuvo contra la ventana, sabiendo que en ese momento, con los pantalones bajados y el culo todavía temblando, el otro solo quería más, aunque supiera que lo que estaban haciendo estaba mal.