Me masturbo la polla hasta correrme solo
Este chaval no podía más, llevaba horas dándole vueltas a la verga bajo el pantalón mientras sus ojos se le iban cada vez que pasaba algún machote por la calle. La cama crujía bajo su cuerpo sudoroso mientras se agarraba el tronco con los dedos pegajosos de saliva, imaginando que eran los labios gruesos de algún desconocido los que se lo chupaban sin piedad. Cada tirón le arrancaba un gemido ahogado, la cabeza le daba vueltas con imágenes de pollas enormes metiéndosele hasta el fondo, sin filtros ni vergüenza. Le encantaba sentir cómo el prepucio se le deslizaba con cada movimiento, dejando al descubierto la cabeza roja y palpitante que ya goteaba gotitas de líquido preseminal. Se imaginaba a sí mismo de rodillas en un callejón oscuro, tragando verga tras verga sin descanso, hasta que el sabor salado y espeso le llenaba la boca y la garganta. Las embestidas imaginarias le hacían arquear la espalda, los músculos del culo se le contraían como si ya estuviera recibiendo un rabo bien duro metiéndole hasta las pelotas. Un escalofrío le recorrió la espalda cuando se corrió sin poder aguantar más, el semen le brotó a borbotones, manchándole el pecho y la barriga mientras seguía masturbándose con movimientos bruscos, como si no quisiera que se le acabara nunca. La polla le quedaba roja e hinchada al final, con los huevos vacíos pero aún temblorosos, mientras respiraba entrecortadamente, con la boca abierta y los ojos vidriosos. Cada vez que se tocaba, recordaba lo bien que se sentía cuando su propia mano le daba placer sin necesidad de excusas ni miradas de reproche, solo el sonido de su respiración entrecortada y el crujido de las sábanas al moverse. Ahora mismo, con la verga aún dura y brillante por el líquido, no podía evitar pensar en qué otra cosa más le gustaría hacerle a su propio cuerpo cuando no hubiera nadie alrededor para juzgarlo.